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Nuestro sistema económico, al igual que el de muchos países en América Latina, se ha venido conformando como un capitalismo oligárquico donde los grandes monopolios, públicos y privados, generan condiciones poco propicias para el surgimiento de nuevas empresas competitivas.
De acuerdo con diversos analistas “del total de sectores productivos, son mínimos los que tienen una competencia sana y acceso al mercado”. A esto debemos agregar múltiples factores que también juegan en contra, entre los que destacan los bajos niveles educativos de la población, una distribución inequitativa de los niveles de ingresos, la corrupción generada en diversos niveles de gobierno, el crecimiento desmedido de la economía informal, la excesiva regulación gubernamental, políticas fiscales adversas y el divorcio que existe entre el sistema educativo y las empresas. La suma de todos estos factores se reflejó este año en el nivel de competitividad de nuestro país, que descendió 3 lugares para ubicarse en el lugar número 44, no obstante que el volumen de nuestra economía está entre las primeras del mundo.
En el marco de una economía con las condiciones anteriormente mencionadas, pequeños cambios se han venido dando en México para generar un sistema capitalista más fértil para el emprendedurismo. Entre los cambios más importantes, se encuentra el desarrollo de políticas públicas que están abriendo caminos para que las nuevas empresas tengan acceso a sistemas de incubación, financiamiento, co-inversiones, capacitación y consultoría. La apertura gubernamental hacia el emprendedurismo ha propiciado el surgimiento de esfuerzos importantes, hasta el momento aislados e insuficientes, por parte de universidades públicas y privadas, así como de cámaras empresariales y gobiernos en los diferentes niveles.
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